Millennium.

Excélsior, en su publicación electrónica publicó el 14 de agosto una nota muy interesante y funesta que me llamó mucho la atención. Resulta que en la tarde del mismo día dos ladrones de alrededor de veinte años abordaron la unidad de la ruta 43 hacia Torres de Potrero y quisieron asaltarla. No obstante, no contaban con que uno de los pasajeros sería un policía de investigación quien los enfrentó y terminó con sus vidas antes de que cometieran el delito.

Lo curioso de la nota no es el hecho de que se presente de manera explícita. Lo curioso, creo que desde un punto de vista muy personal, es que haya pasado muy cerca de mi casa. Tengo 19 años, cerca de cumplir los 20. Pensándolo bien, cualquiera que haya cursado conmigo el kínder, la primaria, la secundaria o hasta la preparatoria pudo haber sido uno de esos dos jóvenes que decidieron tomar las armas y hacerse de dinero fácil. Me llama la atención el hecho de que hubieran decidido tomar las armas. ¿Cuál pudo haber sido el factor determinante? Confío en que esto es una metafórica imagen de lo que está pasando en México a un nivel nacional. Hoy en día, aproximadamente la mitad de los 118 millones de mexicanos que vivimos en México tenemos 26 años o menos según datos del INEGI. Por lo que pienso, ¿cuántos mexicanos están decidiendo tomar las armas porque no encuentran otra solución? Honestamente, no creo que los jóvenes mexicanos seamos tan flojos como para “llevárnosla fácil”, al contrario, pienso que como los jóvenes activistas en YoSoy132, becarios de la UNAM, campeones de robótica por el IPN y múltiples atletas paralímpicos ganadores de galardones internacionales, nuestra generación está mucho más a la vanguardia que otras generaciones anteriores e incluso mucho más intercomunicada que otras partes del mundo. Entonces, ¿qué es lo que nos motiva a matar a una persona por dinero? ¿La necesidad o la desesperación? ¿El sistema de falta de oportunidades o la apatía por buscar trabajo/universidad?

Existe un proyecto “apadrinado” por el periódico Reforma, llamado “Máquina de Sueños” en la que alguna vez se publicó la historia de una chica de Monterrey. Decía que los chicos (y chicas) de la región habían convertido a los regiomontanos en un estigma del desarrollo y transformado la violencia en una cotidianidad digna de ser publicada en Facebook y Twitter. Argumentaba que los jóvenes habían optado a tomar las armas porque no se habían preguntado qué es lo que se sentiría sentarse en la arena de la playa a contar estrellas, conocer el mar, enamorarse, platicar con los amigos hasta el amanecer, disfrutar de una buena botella de tequila, qué sabía ella.

Lo que quiero decir es que tal vez sea cierto que los jóvenes no han conocido estas experiencias y por ende, “la onda” es tomarse fotos con drogas, armas y porqué no hasta violencia explícita. ¿Qué tal si les damos la oportunidad de experimentar lo que la regiomontana soñadora propone? ¿Qué si les decimos que hay un mundo mucho más grande por conocer a la vuelta de la esquina? ¿Bajarían las armas?

Seguro, argumentaran en contra mía, que las fantasías son un lujo que únicamente se pueden dar las personas con dinero. Bueno, no. No es cierto. Por eso es que los jóvenes activistas se levantan todas las mañanas buscando un futuro mejor para nuestra generación. Alzan la voz en contra de un sistema que obliga a mis compañeros de kínder, primaria, secundaria y preparatoria a tomar las armas porque “no hay de otra.” Sin embargo, me gustaría enfatizar algo muy importante: no se trata de perderse en la fantasía como diría Juan Pablo Proal en su artículo “La generación Zoé” publicado por Proceso. Pero tampoco se trata de perderse en el “ahí se va” en el “no hay de otra” pues la verdad es que sí hay de otra y de muchas.

Lo primero que hay que hacer es informarse. Conocer qué es lo que está pasando en nuestra calle, nuestra colonia, nuestra comunidad. Saber acerca de lo que pasa con el país para poder entender qué pasa con la gente que vive en nuestra colonia. Leer acerca de las personas que se preocupan por nuestra generación y aprender sus propuestas. Comparar distintos puntos de vista para reconocer nuestra postura. Finalmente, adoptar los problemas que vivimos en el país. Salir a las calles y sentirse mexicano o mexicana. Darse cuenta de que lo que está pasando con mi vecino es un resultado directo del candidato que yo elegí como diputado local, como gobernador o como representante.

¿Es difícil? Seguro no tan difícil como saber quién es tu diputado local o quién te representa en la cámara de diputados y en la cámara de senadores. Reconócete como mexicano y piensa, como yo, que cualquiera de los asaltantes pudo haber sido tu mejor amigo del kínder, primaria, secundaria o preparatoria. ¿No te hubiera gustado que tu mejor amigo hubiera tenido una muerte digna en lugar de ser asesinado por un policía que quizás defendía a tu maestro, a tu mamá, a tu tío, a tu novia que viajaba en ese bus?

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