En el norte de Europa hace frío.

Las estrellas nos están mirando. Siguen el curso de la tierra seducidas por la naturaleza de sus curvas. Las pequeñas están a la espera de que la Luna –Vía Láctea- aparezca para que las siga amamantando mientras que las grandes juegan a tocarse, a sentirse la una dentro de la otra y en pleno catarsis dan vida a héroes de tiempos remotos cuyas historias se fueron perdiendo en las lenguas de los múltiples amantes que escondidos a la luz del fuego hicieron de sus ropas un impedimento y encontraron el néctar de la vida eterna, los hedonistas griegos. Las viejas sueñan, se agrupan a tomar su té de hierbas del universo y en sus tardeadas dan un espectáculo de luz que únicamente se vislumbran en las noches del planeta Neptuno.

El viajero cósmico, cuenta las hazañas que tuvo en las Lunas de Júpiter. Resulta que una entidad cuya figura de belleza únicamente semejante a la terrestre femenina se encontró con este astronauta. Ella le mostró los horizontes llenos le polvo cósmico que hacen que los cielos de Europa se llenen de pequeños fragmentos de luz y partículas de diamantes que dan un efecto tecnicolor a las retinas humanas. Marina, la jupiteriana era de belleza exorbitante. En medio del éxtasis provocado por los besos de la raza humana, el viajero intergaláctico dijo:

–          Vengo desde muy lejos y me voy pronto.

–          No me importa.

–          Las estrellas nos están mirando…

–          Bésame en el último de los fragmentos de esta dimensión, en medio del espacio y del tiempo. Quiero sentir tus brazos humanos aunque sea tu corazón el que me queme. Quiero sentir tu cuerpo junto a mí. Mi pequeño viajero, mi estrella fugaz. Mi único deseo es que seas feliz. ¿Puedes cumplirme eso? He escuchado a través de las órbitas interplanetarias que en el planeta Terra, los humanos creen que las estrellas cumplen deseos cuando uno las ve.

–          ¿Puedes tú cumplirme uno? Le dijo el viajero intergaláctico. Quiero que seas mi casa y mi porvenir, sé mi olvido y mi presente. Vive en mi piel por el resto de mi vida.

Solía pensar que las historias estaban marcadas por un final feliz o un final triste. Esta es una historia con un final inconcluso. Como las estrellas, como la Vía Láctea. Como la musicalidad que existe cuando las constelaciones se hablan las unas a las otras en códigos inentendibles mientras susurran acerca de lo que pasa en la Tierra, o en Urano, o en Júpiter.

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