Una más.

Ahmed Abdulá manejaba distraídamente su blanca pickup 97 sobre la carretera que conecta las ciudades de Aiden a Izmir en la provincial Turquía. El calor sofocante del árido desierto turco hace que a uno le dé por fumar para matar el hambre, la sed, el bochorno, la soledad… ¿qué se yo? Apenas la semana pasada había estado en la bahía donde el mar Egeo y el mar Mediterráneo convergen para fusionarse en un talismán de emociones aguamarina y turquesa. Así como las líneas blancas de la vía, su corazón cambiaba de dirección constantemente con el aroma del viento y el vaivén de las olas.

La conoció en Muğla. Le contó que había migrado desde el sur de Irán; que había tenido muchas aventuras pero pocos amores, que había crecido bajo el fuerte yugo de aquello que no se puede nombrar por respeto. Debajo del velo, sus ojos marcados por la tortura de la soledad y la sed en el desierto revelaban una sombra marcada de pudor y anhelo. Él tan azul como el profundo mar, ella tan carmesí como el rímel que pinta sus párpados. Nadie sabe qué fue lo que marcó sus destinos tan fuertemente. La sal de las playas, el sabor del té en la mañana, la música árabe, la danza… Algo en el ambiente mediterráneo producía una sensación en él que únicamente se puede explicar como “aceitunas negras en la boca”.

Fue un 17 de septiembre del 99 cuando decidieron juntos partir hacia Estambul. En las románticas calles de tan concurrida ciudad, todo parecía hermoso. El canto de las gaviotas elogiaba la puntual lectura del Corán en la Mezquita de Santa Sofía y el ajonjolí tostado en las semitas hacía que las tiendas de seda parecieran estar en la tierra prometida. Nadie supuso que a las 16:30 horas aproximadamente, aquella hermosa sonrisa protegida por el rosa craquelado de su velo desapareciera. El trágico accidente tomó la vida de su amada Ayşe.

Ahmed decidió perderse en el sueño del licor parisino y una guitarra vieja de catorce liras lo acompañaba todo el tiempo. Las calles de París parecían alegrarse un poco con la música alegre de su tierra Otomana. Ganaba apenas unos cuantos francos para poder comprar pan y vino. Después vino y cigarrillos. Después vino y nada más. Siempre continuando su rumbo sin saber a ciencia cierta el porqué de su pérdida; se preguntaba en qué mundo una vida, una sola vida podría haber significado tanto para él. Remplazó el turco por francés y la comida por cigarrillos y vino.

Hoy conocí a Ahmed en un café otomán. No hay detalles. Es una triste historia. Sólo hoy una triste historia.

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