Perra vida.

La culpa no es de uno, la culpa es de esta perra vida que nos tocó vivir. Las calles ya no son como antes; llenas de gente, de luz, de calor, de paz. No, no. No hay nada de eso en este pinche país. Al menos no como antes que por estas mismas calles se agarraba un poco de pasaje. La gente ya ni taxis toma. Con eso de que la violencia está azotando al estado, algún muerto por aquí y otro torturado por allá… Las mamás ya no recogen a sus hijos. Parece que ni siquiera se preocupan por ellos. Y ellos ni siquiera se preocupan por sí mismos. Recuerdo aquella vez en que agarré el Tsuru por tercera vez. No es que lo haya chocado o un jodido perro se haya atravesado por la calle. No. Esta vez quizá fue mucho peor.

Pasando por la avenida Ignacio Allende, temprano en la mañana, -como me gusta levantarme- agarré pasaje cerca de la secundaria técnica 39. Se trataba de una chamaca de apenas unos quince años que iba con sus amigas.

–          Vamos pa’ la carretera señor, aquí nomás.- Indicó con tono burlón.

Se notaba que las niñas estas no eran de bien; por el retrovisor pude notar que en lo que se cambiaban las calcetas, las falditas de cuadros dejaban entrever sus muslos níveos. Seguía mirando yo con extrema sutileza hasta que un pendejo de un Pointer gris casi se estrella con mi taxi, pues iba hablando por teléfono. Creo que fue culpa de los dos. Tras unos pitazos de ambas partes, la mirada de las cuatro se posaba sobre el retrovisor a cada momento como si fueran asegurándose de que no hiciera una estupidez como la que podría haberle costado a mi patrón, al menos unos dos mil pesos.

De cualquier modo, el frenazo y el viento árido de esta zona, no impidieron que se intercambiaran labiales, cigarrillos, barnices de uñas y condones. Reían como ríen las chamacas que no tienen mucho que contar pero sí mucho que callar cuando paulatinamente disminuyeron el tono de su voz hasta quedarse en apenas un susurro.

Creo que estaban decidiendo algo importante, pues sus rostros se tornaron serios y un poco preocupados.

–          ¡Agáchate wey! – Gritó la más fea de todas. – ¡Ahí está tu mamá!

–          No mames wey, esa ni es mi jefa. Además ella está metida en la casa de su novio todas las mañanas, a veces viene a la casa y me da de comer. Otras veces me toca chingarme.

–          ¿No comes o qué pedo?

–          Pues no wey, apenas y puedo hacer unos pinches huevos en la estufa. No seas pendeja.

Nunca he tenido problemas con el tráfico de este pueblo. A veces ni coches hay. La gente no tiene cómo pagar los taxis en esta zona y con el precio de la gasolina subiendo cada mes, pues a uno le toca subir las tarifas del taxi. Eso es lo que dice mi patrón. Claro, como él no se chinga para darle de comer a una familia de diez, le vale madres.

–          ¿A qué parte de la carretera van? – Pregunté cuando nos estábamos acercando a la interestatal.

–          Al kilómetro nueve. – Contestó la misma chica que había indicado anteriormente.

Pasamos muy despacio el retén militar. Las miraditas de esos perros sólo se comparan con los lujuriosos ojos de los federales del kilómetro 56. Todos son iguales. La seguridad nacional les puede entrar por un oído y salir por el otro, pero los salarios y los “jóvenes premios” que se pueden encontrar en su trabajo es lo que en verdad les da la satisfacción del día. Me pregunto con qué conciencia pueden irse a la cama después de haber matado a tanto civiles en las dizque “guerras en contra del narcotráfico”. Qué pasará por sus mentes en el momento en el que regresan a casa y se dan cuenta de que la chava que se cogieron tiene la edad de cualquiera de sus hijas. Con qué boca besan a sus esposas, con qué cuerpo le rezan a Dios…

–          Aquí es, señor. – Interrumpió mis pensamientos una de las chicas.

Me orille inmediatamente en el asfalto caliente de tanto sol. Nada, salvo matorrales y cactus alrededor se puede apreciar en el ambiente.

–          ¿Están seguras? – Pregunté al notar que ni siquiera un árbol para la sombra había en este pedazo de infierno.

–          Sí. – Contestaron al unísono.

En medio de risitas y codazos, tres de las niñas bajaron del taxi por ambas puertas y comenzaron a caminar mientras la última hurgaba en su bolsa tratando de buscar el dinero para poder pagar los setenta pesos del viaje que marcaba el taxímetro. Al recordar que no tenía dinero consigo, la muchacha se inclinó hacia mí, dejando ver su corpiño sobre su apretada camisa escolar. Y muy suavemente, comenzó a subirse la falda con un movimiento erótico.

–          Señor, no tengo dinero. Mis amigas tampoco, por eso se bajaron del taxi. Mi casa está muy lejos y no puedo regresar hasta después de que se hayan acabado las clases. No entramos a la escuela. Puede cobrarse conmigo.

Un millón de cosas pasaron por mi cabeza, la posibilidad de que alguien nos viera, el hecho de que estábamos solos en medio de la nada, el precio de la gasolina, la regañada de mi patrón… únicamente pude hacer lo que tenía que hacer.

Regresé a casa, abracé a mi hija pequeña. Besé a mi mujer quien con las manos llenas de pinole y chile me preguntó:

–          ¿Hubo mucho pasaje hoy?

–          No. – No, contesté. – No hubo nada de pasaje.

–          ¡Maldita sea! Si seguimos así, la nena no va a tener qué comer más que pura leche del gobierno que ni llega en buen estado.

–          Ya sé. Mañana será otro día.

Sobre la cama, viendo las láminas que cubren el techo en el que vivimos mi esposa y yo, me pregunté lo mucho que pudiera haber sufrido esa muchacha si yo hubiera aceptado. Seguramente no más que yo con los precios de esta gasolina, de la leche, de la vida. Esta perra vida.

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